miércoles, 14 de enero de 2015

París, la mirada de Julio Cortázar

Llega ese día que después de haberla caminado tanto, mirado desde tantas luces y humores y perspectivas, nace como una necesidad de síntesis, de aprehender la ciudad en su totalidad huyente, o extremar hasta el límite la ubicuidad del recuerdo para coagular millones de fragmentos en la visión unitiva. Quisiéramos que se nos dé en una sola presencia, o que algo en nosotros se fragmente hasta abarcar el todo como acaso lo abarca el ojo facetado de la mosca.
Ese día la contemplación sucesiva de calles o de fotos o de recuerdos se vuelve una irritante postergación de esa amalgama en la que la ciudad nos cedería por fin su más profunda imagen, sabemos que será imposible, que el más dilatado panorama desde una torre o un helicóptero nos mostrará apenas algo más de lo que puede darnos un buen plano. Y es quizá entonces que la noción de plano, de sustituto cartográfico de esa inabarcable masa viviente y aromada y sonora nos proyecta a la magia, nos incita a buscar por otros medios lo que no alcanzarán nunca los sentidos limitados por el espacio, los desplazamientos que irónicamente van reemplazando ganancias por pérdidas, esquinas ya cruzadas por otras que se abren en la incesante repetición del casillero.

Puede ocurrir que el viajero haga un alto, que renuncie a la persecución consecutiva, y que en la soledad de un cuarto de hotel se concentre en ese plano que cubre la mesa y que una lámpara propicia fija con un cono amarillento que parecería aislarlo de la causalidad, darlo en un solo bloque de conocimiento en el que cada detalle, cada canal, cada encrucijada, cada puente y cada monumento se dejan captar por una mirada que de golpe se dilata hasta abarcar kilómetros de masa urbana, periferias inconcebibles, trazados cerrando o abriendo los ritmos que dan a todo plano su temblor de caracol, de carabela o de nube petrificada.
Puede ocurrir entonces que el viajero pasee el péndulo de la rabdomancia sobre nomenclaturas conocidas o ignotas, que a lo largo de una larga avenida vaya siguiendo milímetro a milímetro el avance de una larga marcha que ocurrió hace meses o semanas, que vacile en esquinas que fueron o no dobladas, que retorne al punto de partida para recomenzar el asalto a la distancia. De la búsqueda sistemática o la recurrencia del azar, del péndulo indiferente sobre el territorio de la Gare Saint-Lazare pero agitándose en el cruce de la rue  Condorcet  y la rue Rodier, pueden llegarnos signos que verificaremos o no pero que darán un sentido diferente a encuentros y a coincidencias, a carteles y a miradas, a la nomenclatura y a la combinatoria ofreciéndose al deseo y a la esperanza en cada pasaje y cada tienda.
Pero el mejor de los planos mágicos no lo dan las cartulinas coloreadas o las varas de avellano que delatan sincronismos y constelaciones: la ciudad tiene otra imagen secreta que sólo habrá de mostrarse al término de una ahincada fidelidad, cuando sepa que no la hemos vivido por vivirla, que no la hemos caminado por rutina. Alguna noche entrará en nuestros sueños, se volverá su escenario momentáneo u obsesivo, empezará a desarrollar sus tapices de perspectivas, sus telones de esquinas, sus tramoyas de arcadas o de vías férreas, y en el sueño será ella y otra, simultánea y consecutiva, dará lo ya dado o inventará lo que acaso existe pero que no sabremos o no podremos situar jamás, un parque con un lago oblongo, un café donde se juega al billar bajo luces naranja, un portal detrás del cual está acechando el principio de la pesadilla o una interminable sucesión de corredores que terminan en otro tiempo y otro lugar. Ciudad esponja, ciudad pulmón alentando en nuestra respiración nocturna: ahora estamos de veras aquí, ahora somos una burbuja en su incontable sistema de vasos comunicantes, pasamos de la vigilia al sueño sin abandonar el territorio que ganamos por fidelidad y que nos fue dado como dan los gatos sus caricias, sin gratitud ni obligación.
Y ella nos cederá su escenario más vertiginoso su propio sueño alucinado de luces y de formas, pero también podrá venir bajo sus aspectos más inanes o vulgares, se burlará de nosotros mientras nos tiende un tapiz de frutas podridas en esa esquina donde no hay nada que ver, nada que esperar. Serán sus maneras de hacernos entrar todavía más adentro, su rechazo de toda calificación privilegiada, de todo turismo; como en el profundo amor, besaremos una mano enjoyada en la que perdura un olor a cebolla, y eso será encuentro final, confirmación de haber dejado atrás el falso preludio de los perfumes convencionales a la hora de la cita.
La ciudad odia las excepciones, las postales que la demarcan y la tipifican, los cuadros que la escogen, las canciones que pretenden hacerla única; ella es amor total que aroma y malhuele, que crece hasta lo más alto del delirio para después, con un gesto simple y necesario, orinar en la bacinilla al pie de la cama, verter su mínima cascada de cada tantas horas, entre besos y puerros hirviendo para la sopa del final del día.

Texto: "París", del libro Cortázar de la A a la Z
Segunda imagen, Ring Installation de Arnaud Lapierre, en Place Vendôme, París 2011.
Cuarta imagen, cuarto del hotel Lutetia en París 45 Boulevard Raspail.

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