lunes, 3 de marzo de 2014

Córdoba de Argentina y las esculturas de Alberto Barral

Qué desafortunadas, tristes y desangeladas serían las calles y espacios públicos de las ciudades sin monumentos, sin fuentes, sin esculturas, detenernos a pensar en la carencia de los mismos, nos devuelve el verdadero valor del patrimonio cultural y artístico de cada pueblo.
Las esculturas son parte indisoluble de las urbes, son puntos de referencia que agilizan el trajín cotidiano, son íconos identificativos de un país, son mojones que situan geograficamente el lugar donde se encuentran.
La escultura es junto con la arquitectura, la pintura y la música una de las denominadas bellas artes, por esa inherente finalidad que tienen de expresar la belleza o la realidad independientemente de su funcionalidad o de su objetivo práctico. La escultura es el arte de  moldear el barro, de tallar la piedra, la madera o cualquier otro material, logrando como resultado figuras en volumen. La escultura se divide en dos grandes ramas, la estatuaria y la escultura ornamental, según se represente la forma humana y exprese las concepciones suprasensibles del hombre o se ocupe en reproducir artisticamente los demás seres de la naturaleza, animales o vegetales.

La ciudad de Córdoba en Argentina es un auténtico museo de arte a cielo abierto, si bien sus obras no están censadas con rigor y exactitud se pueden estimar en más de mil piezas y cuarenta fuentes, todas ellas propiedad de los habitantes cordobeses.
Las diferentes características de estas obras de arte, en lo que respecta al aspecto estético, alegórico, material, al origen de sus autores, varios de nacionalidad europea, les proporcionan un valor artístico amplísimo. 
Para identificarlas, aprender a conocerlas y en consecuencia respetarlas y cuidarlas, se podrían idear entre tantas otras cosas, series que las agruparan por temas, o crear circuitos pertenecientes a un mismo autor, propuestas que inviten a paseos exploradores con inicios y finales de recorridos elegidos por los propios interesados, si se optara por esta última alternativa, podríamos sugerir "El Itinerario Barral", el cual transformaría en gratas y sorprendentes las caminatas por las calles de la ciudad de Córdoba, es justamente entre los barrios Centro y Nueva Cba, donde se encuentran emplazadas seis de las obras del escultor español Alberto Barral, casi todas son fuentes coronadas por figuras de animales.
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 Alberto Barral era el menor de los cuatro hemanos canteros y escultores de la Villa de Sepúlveda, provincia de Segovia, comunidad de Castilla y León, España.
Militante republicano durante la guerra civil Española, trás la derrota de la República a manos del dictador Franco es con gran pesar y luego de haber perdido en el frente de batalla a su hermano mayor el ilustre escultor Emiliano  Barral, que decide marcharse  con sus ideales socialistas a París.
Alberto o Gelasio que era su nombre de pila y por el que se le conocía en su pueblo, colaboraba con sus otros hermanos en las obras de Emiliano, el mayor; fue así como Gelasio siendo casi un niño labró el pedestal de Arias de Miranda en Miranda de Duero,  su pensamiento como escultor se refleja en estas, sus palabras: "la tarea del tallista es alumbrar lo que en la materia a labrar ya está latente".
Después de su estancia en París, decide emigrar a sudamérica; para llegar a Córdoba de Argentina hubo de dar media vuelta al mundo, desembarcando en Valparaiso, Chile y cruzando clandestinamente la frontera de los Andes. No sólo sin títulos académicos, sino también sin documentación, enseñó en las escuelas cordobesas Normal Superior Garzón Agulla y de Artes aplicadas en la Facultad de Arquitectura, donde un aula lleva su nombre.
Sus esculturas son una huella decisiva en la civilización urbana de la ciudad, allí se respira la memoria del escultor, en la Córdoba argentina de su destierro.
En Florencia había conocido al médico escritor argentino Manuel Rodeiro quien lo acogió en este país del cono Sur; a la postre Barral labraría la tumba de su gran amigo, en el cementerio de la Villa veraniega de Unquillo, en la mejor tradición del arte funerario hispánico.
Córdoba, "La Docta" de Argentina, una ciudad cuyas señas de identidad fueron el agua y la piedra y fue justamente por eso que el exiliado español la eligió, las serranías, ese conjunto de montañas calcáreas de poca altura, sus variadas canteras, la atmósfera intelectual de acuñación jesuítica pero capaz de hacer la revolución académica de 1919, lo sedujeron, impidiéndole seguir a su cuñado segoviano Daniel Zuloaga cuando partió hacia Buenos Aires, este hombre fue el introductor en las dos urbes de la cerámica Zuloaguesca, además junto a su padre crea y dirige la Escuela de Cerámica de Mar del Plata en Argentina.
Alberto Barral legó su arte a la ciudad hospitalaria que tan bien lo contuvo en su exilio, entre su legado artístico y conformando lo que se podría denominar "Itinerario Barral" se encuentran la Fuente de los tres Leones, la de Los dos Hipocampos, la de los Cuatro Monos, la fuente trunca del Oso y la fuente de la Loba Marina o Foca como algunos gustan llamar.
Decía su amigo el cordobés Rodeiro: que el secreto de la obra del español, estaba en la mirada de los personajes, los humanos y los animales y se preguntaba, ¿sueñan sus leones dormidos? ¿lo hacen sus monos despiesrtos?.
Alberto Barral en la memoria de quienes lo quisieron, era el hombre bueno entregado a la amistad, "Hombre dificil de explicar hoy cuando el oportunismo como conducta y la posesión como objetivo marcan la vida normal"- así reza uno de los testimonios leidos-.
La piedra rosada de Córdoba de allá, la roja de acá, el granito y la peculiar piedra sapo fueron los elementos que le permitieron expresar su arte, Barral se consideraba "picapedrero" antes que escultor.
El escritor español Antonio Machado dedicó un poema a Emiliano Barral, el mayor de los cuatro hermanos, lo hizo en agradecimiento por el busto que el escultor hiciera en su honor. En las sentidas palabras del poema vaya el homenaje a todos los escultores de alma "...Y tu cincel me esculpía en una piedra rosada, que lleva una aurora fría eternamente encantada..."
Alberto Barral regresa a España en 1969, a su Sepúlveda natal, donde fallece.

Itinerario Barral

Una de las diferentes formas de ir al encuentro de las esculturas del artista español, podría ser iniciando el recorrido en el microcentro de la ciudad y finalizando en el Parque Sarmiento, el gran pulmón verde de La Docta.
En la esquina formada por las calles Gral Alvear y Rosario de Santa Fe, enfrente al Museo Histórico Provincial Marqués de Sobremonte, sobre un pequeño espacio robado a la vereda, se encuentra La Fuente de los Tres Leones, casi como olvidada por un camión de traslados o peor aún como desalojada de alguno de los patios coloniales del museo vecino, se podría decir que está depositada y no instalada como verdaderamente le correspondería, sólo gracias al suave murmullo del agua, que escasamente se deja oir en las horas en que el tránsito no es tan álgido, algunos transeúntes  menos comprometidos con el trajín laboral, reparan en ella.
Los tres leones parecen no querer ver el poco agraciado lugar donde se encuentran, como así tampoco sus líneas heridas por el tiempo que los acarició y golpeó de mil maneras, sus figuras  piden a sordos gritos mayor atención.
Desde la Antiguedad el león ha sido el símbolo de la potencia y la majestuosidad, no es el caso de estos tres felinos de imagen aletargada y paciente. ¿guardaran algún secreto inconfesable? como los doce leones de la fuente del patio de la Alhambra en Granada, todos ellos mudos testigos de piedra, queriendo contar su historia, si esto fuera posible, con seguridad la leyenda de los leones de Barral no sería tan trágica como la del patio de los leones en España. Lo que si es deseable es que la fuente siga el mismo maravillos trabajo de restauración al que fueron sometidos los doce de allá, aquí, sólo hay tres.


A poco menos de diez minutos de marcha a pié, en una de las esquinas más transitadas y emblemáticas de la ciudad, entre Av. Gral Paz y Av. Vélez Sárfield se encuentra el antiguo y tradicional edificio del Jockey Club Córdoba; en 1937 se adquirió la actual sede y en 1939 se designó al arquitecto Jaime Roca, para efectuar la restauración de la nueva sede social, finalizadas las obras en 1946 se compró la escultura de Alberto Barral, Los Dos Hipocampos que coronando una bella fuente, hoy adornan el hall del primer piso del edificio.
Subir la hermosa escalera, tiene su premio, el encuentro con la bella fuente de los dos Hipocampos, si es nuestro día de suerte la podremos apreciar con el juego de aguas y de no ser así detenerse en cada una de las lineas y vericuetos que dibujan el cuerpo de estos singulares animalitos es un gran placer, son sin duda el grupo escultórico mejor conservado, de este itinerario, libres de la contaminación, de las inclemencias del tiempo y de las manos inescrupulosas guardan sus formas en plena belleza, esta atractiva pareja cuidadosamente esculpida y afortunadamente muy cuidada en su conjunto, es un regalo para unos pocos favorecidos que conocen el mágico rincón cordobés, morada de los hipocampos Barral.



Continuando con el recorrido en dirección al Sur por la Av.Vélez Sársfield, luego de andar unos 400 metros nos encontraremos en frente a la fuente del Perdón, que fuera inaugurada en marzo del 2012 y desde entonces sufrió al menos tres actos vandálicos que obligaron a parar su funcionamiento. Hoy tiene custodia casi permanente por parte de personal policial, desafortunadamente este es uno más de los atropellos a los que son sometidos los grupos escultóricos y paseos públicos de la otrora "La Docta"; desde la rotonda donde se encuentra esta fuente y continuando por la Av. Hipólito Yrigoyen a poco de andar un tramo igual al ya transitado, sobre el costado izquierdo de la avenida, podremos apreciar un pequeño espacio triángular delimitado por  la avenida y las calles Laprida y Buenos Aires, es la Plazoleta Dr. Pablo Mirizzi, el médico cordobés reconocido y distinguido mundialmente por ser el creador  del estudio radiográfico llamado colangiografía.
Es en esa plazoleta donde se encuentra la llamativa fuente de Los Cuatro Monos, en el centro del pequeño triángulo los cuatro primates de piedra, vigilantes y simpáticos en su simia fealdad,   miran deslumbrados la majestuosa arquitectura gótica de la segunda catedral de la ciudad, la Iglesia del Sagrado Corazón o Iglesia de los Padres Capuchinos, considerada la primera maravilla artificial de Córdoba. En el vértice del triángulo y como constante compañía de la fuente, engalana la zona un pequeño puesto de flores, su florista tiene interesantes anécdotas para contar, como por ejemplo que los monitos pertenecieron al Dr. Mirizzi, lo que se puede constatar en el site de la Fundación Mirizzi.
Como tantas otras esculturas de la ciudad, los monitos también fueron víctimas del vandalismo callejero en repetidas oportunidades, en uno de esos atropellos injustificados, uno de los cuatro simios fue decapitado y el resto escultórico sufrió daños severos, tratar de encontrar una justificación a estos actos desaforados es reparar con tristeza en el embrutecimiento de un pueblo.
Luego de unos años en el taller del restaurador Vicente Trucco, los monitos volvieron a su fuente, la cual también fue reparada en su circuito de agua.
Finalmente al observar la plazoleta y su forma triángular se puede pensar en esa simpática historia de André Breton y la Place Dauphine en Paris, en razón que la forma triangular de la misma evocaba un pubis femenino, el escritor la consideró de manera surrealista como el sexo de Paris. ¿les gustaría a los monitos estar en el centro, del sexo femenino de la ciudad?.








Continuando con el itinerario por la Av. Hipolito Yrigoyen con rumbo a  Plaza España, con apenas unos minutos de marcha se arriba a la zona conocida como area de los museos, es justamente delante del Museo Povincial de Bellas Artes Emilio Caraffa y protegida por la sombra y la belleza de las flores de dos viejos árboles del género chorisia, donde se encuentra El Oso, la fuente trunca de Barral; la escultura en origen contaba con un circuito de fuente, que finalmente y por diferentes razones desapareció.
En los años cincuenta el municipio de la ciudad de Córdoba, encomendó a Alberto Barral, una escultura de un oso polar, esta obra estaría destinada a homenajear a la Antartida Argentina y sería emplazada en las inmediaciones del Puente Antártida Argentina. El día de la ceremonia inagural, en presencia de las autoridades gubernamentales, grupos de homenajeados y público en general, al descubrir la pieza escultórica, cubierta con un género, como es usual, grande fue la sorpresa de algunos de los presentes que se percataron del grave error, el oso polar es un habitante del Polo Norte, por lo que jamás podría habitar la región Antártica, situada en el rincón opuesto del mundo.
Fue así como se inició el deambular errático del Oso, se lo pudo encontrar siempre algo olvidado y como complemento de algún espacio donde la escultura principal no era justamente él. Los rincones cordobeses que lo albergaron en forma temporaria fueron: Plaza Gral Paz, Plaza Alberdi, y Plaza Vélez Sársfield donde tomó tierra en extrañas condiciones ya que era transportado en un camión para ser instalado en el Parque Sarmiento, pero como en la madrugada de aquel día había estallado la "Revolución Libertadora" y en la ciudad se vivian momentos de confusión, las personas que conducian el camión con la carga pétrea sólo pudieron llegar hasta el predio que hoy ocupa la plaza Vélez Sársfield, donde fueron abordados por un grupo de exaltados que les obligó a bajar la caja de madera que contenía al Oso, para luego robar el camión, fue así como la escultura quedó librada a su suerte, con el paso de los días las maderas fueron cediendo, otras fueron robadas hasta dejar libre a la figura del Oso con su gesto de atrapar un pescado con una de sus patas delanteras; de su estancia en ese lugar se transformó en el disparador de un dicho popular, muy conocido por la gente ya mayor; en la zona y por la noche era común ver mujeres que ejercían la prostitución, si la suerte con los clientes les era esquiva, entre Ellas se decían: "vos ya no levantás ni al oso" lo cual en lenguaje popular cordobés era: "vo ia no levantai niel oso". Pasaron los años y fue nuevamente trasladado, en esa oportunidad al Parque Sarmiento, donde se lo emplazó junto a otras esculturas de animales; actualmente su figura imponente y finalmente sola, se destaca en el frente del Museo Caraffa, lugar donde su belleza no pasa desapercibida por quienes valoran la verdadera fuerza de la obra que se encuentra en su escala monumental y en la ausencia de huecos y sombras privilegiando la piedra, la cual permite que la luz se acumule en el volumen; sólo resta desear que El Oso de Barral continue allí  para siempre.
El dibujo y pequeña pieza en arcilla de este animal, fueron obras de Juan Viola quien había nacido en Santa Fe, el 28 de noviembre de 1907 y falleció en Córdoba el 22 de diciembre de 1966. 



En este punto del itinerario se encuentra la entrada del gran pulmón verde de la ciudad, El Parque Sarmiento, lleva el nombre en honor a Domingo Faustino Sarmiento, ex presidente de la República Argentina.
En 1889  Miguel Crisol , encargó al urbanista francés Carlos Thays la tarea de diseñar el parque. Thays previó el nuevo parque en una meseta que en esos tiempos tenía vista al arroyo de La Cañada al oeste y el campus de la Universidad Nacional de Córdoba al sur. Este fue el primero de decenas de ambiciosos proyectos de diseño urbano que Thays llevó a cabo en la Argentina hasta su fallecimiento en 1934.
Dentro del parque y cerca del area de los museos, en el sector conocido cono el Rosedal, es donde debemos buscar la última de las esculturas que integran el circuito Barral, La loba marina.
El Rosedal se crea dentro del parque gracias a la popularidad que tomó en el siglo XIX el cultivo de rosas en Europa, haciéndose extensivo hasta lugares recónditos del planeta, como testimonio del progreso económico finisecular, en ese contexto la ciudad de Córdoba había iniciado una importante transformación en su trazado fundacional con la concreción de nuevos barrios y espacios públicos que incorporaban el lenguaje modelico tan deseado de las calles de París.
En el jardín del rosedal es donde mora la loba marina, coronando una fuente que desafortunadamente casi nunca tiene agua; como todas las obras del español, esta escultura ornamental también respira serenidad y armonía clásica, nuevamente gracias al volumen y la suavidad de las curvas, se aprecia el rústico valor de la piedra, subrayado por la concentración de la luz.

Las esculturas de Alberto Barral son la resultante de un cúmulo de información obtenido gracias a su amor por la escultura desde muy temprana edad y a su contacto con la naturaleza, el resultado plasmado en sus trabajos regala formas reales, equilibradas y estables, la firmeza de los volúmenes, la sencillez de las líneas, el equilibrio de los conjuntos, representan tanto al artista como al gran hombre de bien que fue Alberto Gelasio Barral.


El patrimonio cultural es la herencia cultural propia del pasado de una comunidad, con la que ésta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras. El patrimonio cultural se expresa en los objetos muebles e inmuebles, además de los aspectos inmateriales: canto, danza; cuidar nuestro patrimonio es una obligación y un deber de ciudadano, si perdemos nuestro patrimonio cultural, nuestra memoria histórica colectiva no sólo se pierde la identidad nacional, sino que también atentamos contra nuestro futuro como nación.
Una manera de protegerlo es difundir su existencia y compresión, como así también denunciar su maltrato y abandono, es deseable que imágenes como la decapitación de la escultura de Ana Frank no nos sean indiferentes, el respeto, el cuidado la valoración de los bienes comunes hace a la grandeza de un pueblo comprometido con su patrimonio colectivo.





Alberto Barral en la memoria de su esposa
M A N U S C R I T O
De:
Consuelo (esposa de Gelasio Alberto Barral López) – Escultor
Llegué de Buenos Aires, ya no se cuando, a pasar unos días de vacaciones en Córdoba. Conocí a Gelasio Alberto Barral López (su nombre completo), y ya no pude volver a Buenos Aires, ni a mi familia….. Fue un luminoso domingo 7 de abril. Me llevó a conocerle una hermana mía que desde varios años atrás estudiaba y trabajaba en Córdoba.
Llegamos y luego de las presentaciones de rigor nos invitó a pasar a su “Habitáculo”, como llamaba a ese lugar que además de taller, le servía de vivienda: espacioso, con mucha luz, varias pequeñas ventanas, que él abría y cerraba a su antojo, según la iluminación que necesitaba para trabajar.
Al entrar, frente a nosotras, casi al medio de la habitación, una mesa de regular tamaño, cubierta por una carpeta roja, y a su alrededor seis sillas de junco y madera pintadas de color gris, decoradas a mano en sus respaldos con flores de color amarillo oro, contrastaban con el rojo del paño que cubría la mesa.
Luego supe que eran obra del ceramista Fernando Arranz, concuñado de Barral, hermano mayor de Gelasio Alberto, Capitán de las Milicias Rojas, asesinado en la Guerra Civil Española, el 21 de noviembre de 1.936 (nueve meses del comienzo de la guerra).
Ese fatídico 21 de noviembre del ’36, Gelasio Alberto cumplía sus primeros treinta años, y perdía a su hermano y compañero…… Ya hablaré más delante de eso. Ahora sigo con la descripción del lugar, “su lugar”. Detrás de la mesa con sus sillas, junto a la pared, una repisa esquinero cuya parte baje, con varios estantes le servía de biblioteca. Sobre la repisa, pequeñas figuras de arcilla, bocetos de las obras, que sin dibujos previos, llevaba en talla directa, al tamaño real en piedra.
A continuación, también junto a la pared, hacia la izquierda, su cama, de plaza y media, con una colcha artesanal, formando dibujos alegres, de muchos colores, llena de almohadones lisos que invitaban a sentarse, y en este ángulo, sobre la otra pared, su mesa de trabajo, llena de lápices, pinceles y sobre todo herramientas, cantidad de herramientas de distintas formas y tamaños, un solo sillón, de color verde y gris, que me ofreció galantemente a mi, una cortina verde oscura en el otro extremo del cuarto, que ocultaba el único armario con su ropa, la pequeña heladera, y la puerta del baño.
Esa era su toda su casa… para qué más? Preguntaba cuando la mostraba. Olvidaba decir que este estudio o taller, estaba pegado a la pileta de natación del Parque Sarmiento, dentro del mismo, y que la puerta por donde entraba y salía de la “casa” ancha, pero de una sola hoja, tenía en la parte alta un hermoso vitral, representando la Diosa de la Cerámica, surgiendo entre las llamas de un fuego, exageradamente grande y hermoso (también obra de Arranz), que le daba a la entrada un sello diferente, poético, y que una vez dentro cerrada la puerta, transparentaba la luz del parque convirtiendo ese lugar en su mundo mágico, lleno de duendes…
Nos ofreció compartir su almuerzo – nosotras, habíamos almorzado antes – aceptó sin insistir, nuestra negativa, diciendo con naturalidad… “no me amedrenta que me veáis comer. He tenido visitas durante la mañana, y se me ha hecho un poco tarde…”
Llamó a doña Mecha (su ama de llaves), que estaba fuera en la cocina, ésta quitó el tapete y puso en su lugar un mantel a cuadros rojo y azul, trajo cubiertos y plato para él y tres finos vasos con una botella de vino “para compartir con vosotras”, dijo… llegó la fuente con el almuerzo: cocido español. Barral nos sirvió y se sirvió vino, brindó con nosotras, y se sentó a comer, tal cual lo había anticipado, … sin amedrentarse …
Yo le miraba fascinada: otra vez sentí como se transformaba todo, él sentado a la mesa, Pichú (una gata blanca y negra, hermosa) a sus pies, debajo de la mesa y los tres perros que también vivían en la casa: “La Pepa”, una caniche casi diminuta recogida en la calle, y que nunca reclamó nadie; “Corbata” el hijo de la Pepa (llamado así porque blanco como su madre, tenía como un lazo marrón alrededor del cuello, herencia de su padre talvez; y “Tristezas” (el preferido encontrado), mezcla de sabe Dios que razas, una mañana al abrir la puerta, sucio desgarrado y muerto de hambre.
Según Barral, sus ojos eran tan tristes y humanos, que no pudo hacer otra cosa que darle de comer, y tratar de limpiarlo y curarlo después. Logró lo primero, más al acercarse a ponerle la mano encima el animal gritó y salió despavorido. Pasó ese día y llegó la noche, y a la mañana siguiente estaba nuevamente sucio y doliente como el día anterior, pero relajado. Barral le acercó de comer, el perro quieto le miró, y mirándose los dos, perro y hombre, supieron que su nombre sería “Tristezas”, y que se quedaría para siempre en la casa.
Retomando el relato, debo decir que los perros y también la gata, compartían el almuerzo. Desde su sitio en la mesa, Barral de vez en cuando, les tiraba un bocado nombrando a cada uno: para ti Pepa (para ti Corbata, para ti Tristezas… Ellos sentados expectantes a prudente distancia esperaban sin moverse, el bocado que les correspondía cuando loes era dirigido, sin chistar…
A la gata se lo ponía a sus pies bajo la mesa… parecía una ceremonia establecida … luego les mandaba que se fueran, y los tres perros y la gata salían tranquilos y marcharon fuera.
Así como en la vida ocurren las cosas más inesperadas, a veces también la vida se encarga que se cumplan esos sueños que nuestro corazón, contra toda esperanza espera. En mi caso, quedarme a vivir con Barral.
Han pasado los años, y con los años también pararon muchos momentos felices y… de los otros… llegó su partida y con ella el comienzo de esta larga ausencia que desde entonces me acompaña…
Son pocos los que recuerdan cuando murió, en que fecha, pero son más los que aún lamentan que no esté más con nosotros.
Antonio Machado, Poeta español por excelencia, dice en el Poema a la Muerte de un Amigo:
“… Lleva quien deja,
Y vive el que ha vivido…”
Gelasio Alberto Barral vivió, y muriendo, se llevó el dolor y la nostalgia de su familia: su mujer y sus hijos, de sus alumnos, de sus amigos, que le amaremos siempre… pero nos dejó un recuerdo plasmado en su obra fecunda, imperecedera, maravillosa.
Esas piedras, sus piedras, repartidas en muchos lugares de esta Córdoba de la Nueva Andalucía. En sus enseñanzas, transmitidas con una generosidad sin límites, en su amor y amistad sin reservas para con los que el llamaba su gente, y por sobre todas esas cosas la increíble virtud de no haber perdido nunca aun en los peores momentos sufridos, la pasión de crear y seguir amando la Vida.
Muchas veces comencé a escribir sobre él pero la melancolía y la pena eran tan grandes, el dolor tan lacerante, que no he podido…
Hoy que el tiempo ha puesto en orden mi corazón, y su recuerdo ya no me duele tanto, trataré de contar todo lo que pueda compartir, acerca de la personalidad de ese hombre maravilloso, de ese ejemplar español, (castellano), que se llamó Gelasio Alberto Barral López, que pesar de haber llegado a estas tierras huyendo de una espantosa guerra fraticida, tuvo la fuerza y el coraje de volver a empezar.
Consuelo








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