martes, 8 de febrero de 2011

Rubén Darío: Un retrato de Watteau



Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa, esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su guirándula por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro soñamos en los buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de madame de Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su tocado.
Todo está correcto: los cabellos que tienen todo el Oriente en sus hebras, empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de corazón hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas abiertas, que muestran blancuras incitantes; el talle ceñido, que se balancea, y el rico faldellín de largos vuelos y el pie pequeño en el zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante, del madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la penumbra.
Vese la dama de pies a cabeza entre dos grandes espejos; calcula el efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable que agitará el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y piensa y suspira, y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma femenino que hay en un tocador de mujer.
Entre tanto, la contempla con ojos de mármol una Diana que se alza irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y en el asa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada le tiende los brazos y los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas argentinas, mientras en el plafón, en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y azulado, sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella Europa entre delfines áureos y tritones corpulentos, que sobre el vasto ruido de las ondas hacen vibrar el ronco estrépito de sus resonantes caracolas.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las manos en seda; ya, rápida, se dirige a la puerta donde el carruaje espera y el tronco piafa. Y hela aquí, vanidosa y gentil, a esa aristocrática santiaguesa, que se dirige a un baile de fantasía, de manera que el gran Watteau le dedicaría sus pinceles.
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